10 abril 2012

...

Durante trece noches me tendí en la cama con el anhelo de que al amanecer todo fuese diferente, y las trece mañanas posteriores desperté con la misma obsesión en la cabeza: TÚ. Me asaltabas en cualquier pirueta del día: al cepillarme los dientes, al toser o cuando pelaba una manzana para el postre.

Luché para resistir. Y perdí.

No logré imponer ni una pizca de cordura a esa atracción desbocada. Investigué en mi alrededor, fui incapaz de encontrar alguna fuerza o algo a lo que agarrarme para evitar que me arrastraras. Ni siquiera la incertidumbre, de no saber qué me guardaba el destino a tu lado, me frenó.

Descubrí también, con un inmenso tormento, que en cualquier instante y sin fundamento aparente, todo aquello que intuimos constante puede desencajarse, extraviarse, quebrar su rumbo y empezar a cambiar.

No recuerdo el momento exacto, ni qué fue lo que pasó pero, en algún punto indeterminado, las cosas entre tú y yo dieron una vuelta. Al principio, solo parecían una alteración de las rutinas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario