... que al principio pensé no dar, es la misma que se me olvidó escribir. La misma, a pesar de los días, incluso casi meses, que sigue dando tumbos en mi cabeza.
Fue una sensación entonces olvidada, un hormigueo en la boca del estómago… una pregunta en el aire “¿quién eres?” que duró apenas 9 segundos, los que tardé en leer las 39 palabras… la pregunta tocó tierra y supe quién eras. Releí cada palabra, despacio, sí, eras tú, te delató “Serafín” sin Mastín…
Dudé, porque no es tu estilo sorprenderme, por eso me gustó, por eso esa sonrisilla, esa cara de idiota que llaman algunos expertos en esto del sentir…
Te reconociste.
Volviste.
Te llegó lo suficiente para salir de esa cueva en la que habitas últimamente. Un punto para mí.
¿Por qué? ¿Por qué escribiste si no es tu estilo? ¿Por qué justo ese día? Si era un regalo, fue el mejor… Un punto para ti.
Empate.
¿Y por qué no? Junto con “¿sabes?” Es la pregunta que más me gusta hacerme contigo.
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