Me desataste los pies porque con las manos no me bastaba
para salir a la superficie. (Gracias.) Allí arriba picaba el sol, tus ojos se
veían de color miel más que nunca. Y entonces supe que sería difícil
arriesgarnos.
En cuatro ocasiones estuve a punto de confesarte que había
llegado a quererte, pero ni siquiera lo hice después de cuatro veces cuatro… (Lo siento.)
Nos tuvimos que ir, y yo atreverme a volver, para darme
cuenta de que ya nadie llamará de madrugada al timbre para decir “cuatro” como contraseña
que garantizaba que, al día siguiente, no te irías sin antes despertarme con un
tímido beso y un atrevido “espérame esta noche”.
Ahora se me plantea la ridícula idea de volverte a ver,
algún día… donde sea, cuando quieras, como creías que sería, porque no quiero
que sean diecisiete las oportunidades perdidas…
Eso o que aparezca alguien como tú, pero que no se vaya.
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