20 octubre 2014

Nos quisimos. Nos aprendimos de memoria. Nos fuimos. No nos quedó otra alternativa que construir caminos diferentes, de esos que no llevan a ningún lugar.

Algún día volveremos, uno de los dos llamará al otro y pedirá perdón como si haberle querido hubiese sido el peor error de su vida.

Me gustaría haber aprendido cómo reconstruirme desde cero. Intentar, en definitiva, escapar lo más lejos posible de mí misma, de lo que fui, de lo que soy. Pero, siendo sincera, no he querido. No he aprendido nada, ni siquiera una forma de abrazar que no sea esa con la que se abraza al vacío. Mi vida estos meses ha sido una sucesión de noches, y días, y noches y más días… He perdido todo lo que tuve. Todo.

Si vuelves y me pides perdón, ignorando que quizás ya no pueda perdonar... ignorando que tú eres una grieta, mi grieta más profunda. Un estúpido defecto en mi armadura. Pero, si vuelves,  me encontrarás rota, en medio de mi camino, con rumbo a ninguna parte.

Ahora quiero destruirme para volver a empezar, con más seguridad, de otro modo. Salir de aquí corriendo, sin hacer la maleta, sabiendo que lo que me queda no servirá porque, simplemente, todo lo que me queda son recuerdos. Y los recuerdos no sirven si te hacen recordar cosas que ya no existen.


Una vez, tú y yo, construimos un puente entre los dos.

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