Hoy me he levantado con la extraña sensación de que podría ser el último beso, el más difícil.
Siempre hay un bullicio de gente alrededor, su murmullo nos araña cada día más fuerte. Me apetece escabullirme de cualquier intento, evitar que una noche más bebas mis palabras de vinagre, olvidar todo aquello que empezó hace mil ayeres.
Quiero empezar a irme antes de sentirme cifra equivocada, antes de que un día encontremos palabras marchitas camufladas por un bonito envoltorio.
Sería capaz de tomar prestadas para siempre todas tus heridas, pasar las más arduas horas pintando sonrisas en tu espalda, ... ¿y por qué no decirlo? coger una noche tu mano y arrastrarte por el pasadizo donde aprendí a ser feliz.
Pero déjame ir lentamente. Si logro doblar la esquina me será más fácil alejarme.
Cuando te beso cierro los ojos y mi mente se gira hacia un papel cuyo color me asusta. Me resisto a que un día cristalice tu nombre, a encontrarme un día vistiéndome y desvistiéndome en un visto y no visto, como si mi piel no fuera nueva.
Seamos compañeros de vino, que sean los ángeles los que lloren mientras nosotros reímos. Que las caricias se queden mudas y no despierten al placer que duerme tranquilo en su cuna.
Déjame escapar en un soplo, no quiero que sientas mi cuerpo de espaldas...
Déjame ir lentamente y que se nos olvide cuál fué el último verso...
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