27 diciembre 2010

Es difícil imaginar lo complicado que resulta a veces la simplicidad.

Si supieras...

Caminamos por la vida convencidos de que estamos hechos de una determinada madera, y nos comportamos como lo que somos. Como un cedro del Líbano o un pino de Soria. Qué más da. Uno es lo que es. Así de simple. Es como ir por la calle consciente de que caminas sólo porque sabes caminar, y te diriges a un determinado lugar que conoces siguiendo una ruta, previamente trazada, que has repetido cientos de veces. Cruzas decenas de semáforos, te detienes ante los mismos escaparates, pisas las mismas baldosas. Y así pasan los días, sin enterarte, y los años. Tu cuerpo se desvanece, pero tu sombra te sigue, sin haber encogido un milímetro. No sabes nada. Sólo ves, pero no eres consciente de nada.

Sin enterarme de nada. ¡Qué tragedia! No sabes, no sé, lo que en realidad eres, lo que soy. Después de algunos años, sigues persuadido de que nada, o muy poco, ha cambiado. Si acaso, se han instalado en tu calle un par de nuevos semáforos porque la circulación de vehículos es mucho más intensa.

¿Me entiendes? No quiero que me leas. Pero entiende lo que escribo.

Hasta es posible que imagines, mientras paseas, historias inexistentes. O aparentes. Crees en todo lo que ves porque siempre lo admitiste, sin preguntar. Crees en todo lo que haces porque siempre lo aceptaste, sin reprocharte. Crees en el aliento de las cosas porque siempre accediste con facilidad a ese calor especial e inanimado por disponer de un fino instinto de solidaridad con los pobres diablos que te acompañan en tu peregrinar diario por la vida. Ése es tu mundo, piensas. Y es cierto. El universo que hay en ti. Así eres tú, que te transformas a diario en cada una de las insignificancias que marcan el compás de tu vida, al ritmo que imponen tus pisadas.

Pero llega un día en que descubres la existencia de una ficción que desborda la realidad de tu indudable rutina. Y es ahí cuando empiezas a hurgar en ese mundo imaginado que poco a poco se aproxima, cada día un poco más, y empiezas a presentir el olor de la primavera en la que todo se olvida, y descubres in fraganti a tu memoria copulando con la fantasía, gozando, enloqueciendo de placer... Ese día es el de la gran revelación: todo lo real es falso. Entonces, compruebas que la ficción que trasciende es tu verdad nueva. Y te transformas, al principio poco a poco; te asustas. Después, deprisa, corriendo apresuradamente; resurge en ti la esperanza de lo nuevo. Hasta tus sueños parecen inventados. La vida cambia porque ya no se desliza bajo tus pies, ni te roza siquiera. Es un tumulto improvisado por una orquesta que toca dentro de ti. Ya no te importa nada. Todo ha dejado de existir. Un flamante y luminoso universo rige tus movimientos, tu pulso, tu respiración. Sólo te interesa llegar hasta el final del túnel por donde se cuela la nueva luz cegadora. Ya no reaccionas ante quienes eran tus dueños, tus amos, tu familia, tus amigos, tu pareja, tus hermanos, tus vecinos, tus compañeros de trabajo, la madre que los parió a todos ellos.

Nunca jamás. Los respetas: es el más elegante y sublime de los desprecios. Nada te importa porque has inventado un sol que sale todos los días para ti. En exclusiva. Sólo calienta tu cuerpo, sólo a ti te ciega de pasión. Y cuando ese fenómeno electriza todas y cada una de las células de tu ser, como un látigo furioso y a la vez mágico, se produce una segunda y definitiva revelación: tu sangre no es la que era y fluye desde ahora con una intensidad distinta. Notas su hormigueo aquí, en la médula, en los brazos, al final de los dedos. Tu garganta dispone de registros increíbles, tu voz suena diferente. Tus piernas sobrevuelan el asfalto. Los ademanes del cuerpo transparentan las emociones de tu corazón. Has recobrado en la mirada un brillo intenso.

Todos los días, al amanecer, saludas a la belleza, y la rutinaria tristeza deja paso a la melancolía para que ésta flagele sin piedad al gesto patético de tu existencia hasta modelarlo según los cánones de la felicidad recién recuperada. Bien es cierto que a veces observas el tránsito por esta vida como las lechuzas por la noche: desde la distancia. No es bueno que así sea. Los demás pueden creer que eres un ser extraño. O que estás loca. Quién sabe, pero así es. Lo cierto es que observas con esos ojos ausentes, inalterables, todas las imágenes de antaño, ya desgastadas. Reaparecen en esa visión todos los estímulos que creías perdidos, todos los pensamientos que te habían arrebatado.

Nada importa ya, insisto. Nada. Estoy muerta y mi pasado está vivo.

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