Las palabras tienen algo especial.
En manos expertas, manipuladas con habilidad, me convierten en su esclava. Se enredan por toda mi piel y en cuanto estoy tan embelesada que no puedo moverme, se infiltran en la sangre y me adormecen el pensamiento. Una vez dentro de mi ejercen su magia.
De vez en cuando sale alguna historia que toca las recónditas, pero aleatorias vetas de conocimiento que he ido acumulando mediante mis caprichosas lecturas. En estas ocasiones permanezco en silencio, sorprendida por la repentina colisión de dos mundos que no tenían nada más en común.
Por muy insípido que sea el contenido, siempre consigue conmoverme... alguien en su momento consideró que esas palabras tan valiosas se merecían estar plasmadas por escrito.
La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, los gestos, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo termina. Es algo cruel y natural a la vez. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, ya que siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, su tono de voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte, consolarte o desconcertarte. En definitiva, cambiarte. Se conserva la magia de la tinta sobre el papel. Es una suerte.
Los minutos antes de dormir... sobre mi nórdico naranja, las páginas blancas de mi libro, alumbradas por la luz del flexo, constituyen la puerta de entrada a otro mundo. Cada noche tengo que recuperar los hilos argumentales que dejé suspendidos la noche anterior, durante el día se destensan, tan solo tengo que interesarme por cómo acabarán entrecruzándose.
Abro el libro... sólo unas palabras. Mis ojos peinan la primera línea y nos quedamos atrapados. Ellos y yo.
Cuando, transcurrido un buen rato, finalmente despierto, tan solo puedo suponer que ha estado sucediendo en las profundidades de mi inconsciente.
Deslizo la mano por el libro. Cada libro tiene su particularidad... el tacto bajo la yema de los dedos es distinto en todos ellos.
Libros. Libros. Y más libros.
En manos expertas, manipuladas con habilidad, me convierten en su esclava. Se enredan por toda mi piel y en cuanto estoy tan embelesada que no puedo moverme, se infiltran en la sangre y me adormecen el pensamiento. Una vez dentro de mi ejercen su magia.
De vez en cuando sale alguna historia que toca las recónditas, pero aleatorias vetas de conocimiento que he ido acumulando mediante mis caprichosas lecturas. En estas ocasiones permanezco en silencio, sorprendida por la repentina colisión de dos mundos que no tenían nada más en común.
Por muy insípido que sea el contenido, siempre consigue conmoverme... alguien en su momento consideró que esas palabras tan valiosas se merecían estar plasmadas por escrito.
La gente desaparece cuando muere. La voz, la risa, los gestos, la carne y finalmente los huesos. Todo recuerdo vivo termina. Es algo cruel y natural a la vez. Sin embargo, hay individuos que se salvan de esa aniquilación, ya que siguen existiendo en los libros que escribieron. Podemos volver a descubrirlos. Su humor, su tono de voz, su estado de ánimo. A través de la palabra escrita pueden enojarte o alegrarte, consolarte o desconcertarte. En definitiva, cambiarte. Se conserva la magia de la tinta sobre el papel. Es una suerte.
Los minutos antes de dormir... sobre mi nórdico naranja, las páginas blancas de mi libro, alumbradas por la luz del flexo, constituyen la puerta de entrada a otro mundo. Cada noche tengo que recuperar los hilos argumentales que dejé suspendidos la noche anterior, durante el día se destensan, tan solo tengo que interesarme por cómo acabarán entrecruzándose.
Abro el libro... sólo unas palabras. Mis ojos peinan la primera línea y nos quedamos atrapados. Ellos y yo.
Cuando, transcurrido un buen rato, finalmente despierto, tan solo puedo suponer que ha estado sucediendo en las profundidades de mi inconsciente.
Deslizo la mano por el libro. Cada libro tiene su particularidad... el tacto bajo la yema de los dedos es distinto en todos ellos.
Libros. Libros. Y más libros.
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